ENAMORADO DEL MURO
Crece. Se expande. Avanza. Se bifurca. Bella hierba que colma de pasión el tiempo. El espacio. Que se despliega y que constituye una novedosa manera de vivir. Una hermosa figura de infinitas dimensiones; y también la más grande de las razones por las que es digno seguir resistiendo. Exceso de vida que he llegado a experimentar, a pensar. Una vida demasiado grande desde la cual se revelan los signos. Despliegue. Vitalismo. Direcciones cambiantes. Fuerza de lo orgánico. Devenir vegetal y pasión vincular. Hortensia, hierba andante, dibujante de nuevas líneas en el muro, arquitecta estilista de una nueva razón de vida. Simulacro. Potencia de lo falso frente al resultado de la cosecha humana acumulada: siglos de ignorancia organizada, de educación funcional; disciplina y centros de encierro primero, luego sociedades de control enmascaradas al aire libre; modulación de la humanidad, sana competencia al servicio de los poderes desbordados de despotismo. Concursos. Confort y adormecimiento. Generaciones y generaciones moldeadas y puestas en enormes máquinas teatrales. Rostrificación. Máscaras.. La generalización y el agenciamiento de todas nuestras incompetencias, pero también de nuestras fuerzas vírgenes y de aquello en lo que alguna vez creímos. La maquinaria, el terror, las herramientas, el temor, y por supuesto, el poder de los azotes… Hortensia, así la he llamado; un nuevo modo de vida que experimentaba con extrema curiosidad. Un gran acontecimiento en medio de la más horrible de las depresiones. El umbral hacia una realidad otra en la que no cabía el lamento por lo ocurrido… Creció sola, hacia todas direcciones. Sus ramas fueron formando figuras, mapas, segmentos, estratos. Creció. Con ella surgieron especies que luego se mezclaron con otras surgidas también de ella. Una cadena biológica dentro de un ruinoso cuarto en el que apenas se cola el sol. Se expandió. Se desplegó. El muro se quebró en su extremo y allí se injertó la hortensia cómo una multiplicidad inmediata, adquirió un gran desarrollo y fue cubriendo todo el espacio. Avanza. Gira. Pivotea. La realidad del muro aparece ahora en las líneas que trazan las distintas ramificaciones y en las hojas; ya no se ve pero sigue subsistiendo cómo pasado, o cómo futuro posible… …Fue en la horrenda crisis, allí perdí todo lo que tenía y que, ciertamente, tan poco esfuerzo me había costado: el colchón grande y el piso, la lámpara, la enorme multiplicación de libros en cualquier rama del conocimiento, las nubes colgadas del cielo en aquel otoño triste y oscuro. Ellos fueron barriendo con todo, llegaron con sus enormes máquinas y se llevaron todo puesto. Arrasaron. Destruyeron. Tumbaron todo lo que estaba en pie. Llegaron. Aparecieron. No pude más que tomar lo que estaba al alcance de las manos y correr hacia arriba. Actuar sin pensar. Sentir el estruendo infernal y seguir el instinto. Trepar por los techos y andar por las terrazas que se iban derrumbando tras mis pies. Los postes. El cableado. Luego bajar hacia la calle por los árboles. Caer. Aterrizar. Abandonarlo todo. Correr. Huir aturdido por el crujir infernal de las máquinas que todo lo volteaban. Adelante. A los costados. Por todas partes. Carrera. Pasos largos. Agitación. Palpitación. Gritos. Ruidos de explosiones. A mis espaldas. Correr. Escapar. Emigrar. Sin voltear. Correr hasta caer desvanecido. Debilitado. Sin aire. Caer desfallecido. Ahogado. Aturdido. Dormir. Desmayar. Desvanecer… … Despertar. Desvelar. Sentir la verdad en la carne para poder verla. Caminar. Amortiguar. Lento. Despabilarse. Dolor en las piernas. En los huesos. Ver. Recordar y caminar perdido. Extranjero. Solitario. Dolorido. Fémur. Cubito. Radio. … No sé cómo llegué allí, solo distinguí el gran edificio del ferrocarril hacia la derecha. El viejo edificio era lo único que conservaba algo de su fachada. Lo único distinguible. El resto, vestigios. Todo era un destrozo. La geografía de la ciudad estaba modificada, reducida a escombros. Algunas torres cortadas al medio. Montículos. Una pradera de cemento con tumultos de piedras. Caminé. Miré. Polvo en los zapatos. Desolación. Cansancio en las piernas. Silencio. Cenizas. Algunos focos de incendio. Calor. Ardor. Verlo todo. Retina. Pupila. Iris. Un sol cegador. Incandescente. Fuego. Sudor. Dificultad para respirar. Algunas cercas de madera que aislaban viviendas precarias montadas a base de chapas y maderas. Columnas de humo negro. Pozos. Agujeros inmensos en la tierra. Cráteres con sistemas de terrazas y escaleras hacia abajo. Vértigo. Mareo. Eco. Eco. Me alejé. Seguí caminando. Observando. Soledad. Ardor. Humo. Mocos. Pulmones. Bronquios. Contracción en el diafragma. Tristeza… El desborde parecía haber pasado y esto era lo que quedaba. Destrucción. Tierra y arena y algunas huellas de ruedas de carros. De otros zapatos. Casillas. Huecos. Excavaciones y túneles subterráneos. Tapiales de escombros. Fuego. Mucho calor. Quemazón. Camino fatigado. Hacia ningún lado. Forastero. Los muslos. Las rodillas. Los dedos de los pies. Hedor y un sol que cegaba. Olor. Restos. Desechos. Basura en bolsas. En los pies. Mis pasos. Mis pulmones. Los huesos de mis piernas. Polvo. Mocos. Un ruido a lo lejos, alguien. Otros pasos. Gritar. Correr. Llamar. Acudir. Falta de aire. Caer. Desplomarse. Nadie. Nadie. Debilidad. Blandura en las rodillas. Nadie. Ninguno. Ninguna… Un edificio en ruinas; el sencillo paisaje del deterioro. El frente descascarado en capas que se caían a pedazos. Tres pisos. Escombros hacia sus dos laterales. Las ventanas abiertas cómo nichos olvidados (las note extrañas en su disposición y entonces descubrí que el edificio estaba torcido, que una de sus columnas estructurales estaba quebrada y entonces todo caía hacia un costado). Las bolsas desbordantes de basura. Desparramadas por toda la vereda. Cubriendo el porche. Bolsas que se movían cómo encerrando dentro quien sabe que especie de vida, enormes y vivas en su interior como ocultando una curiosa escena dentro. Moscas que zumbaban por todas partes. Insectos en las orejas. Hedor y fuego. Fatiga. Calor. Un cielo que quemaba. Un enorme malestar en el cuerpo. Una tristeza mental. Hacia arriba se elevaban unas escaleras sucias e incompletas. Olor, siempre presente el mal olor. Silencio. Mudez. Hacia atrás se extendía la vereda infecta. Atrás y abajo. Peldaños. Escalones derrumbados. Mis pasos. Por siempre abajo; y ahora, desde arriba, instalado en éste cuarto a pedazos espío las nuevas antenas y las autopistas emparchadas y cargadas de coches-carros resurgidos de los desarmaderos del gran buenos aires. Gente que marcha con carros cargados de botellas, fierros, colchones, palos, rejas. Todo parece ser comerciable, cualquier objeto. La nueva era se reorganiza pero fundada en los mismos valores. Una nueva cultura del tener pero en un contexto mucho más hostil. Miro. Observo por las hendijas entreabiertas de la ventana. Espío desde el colchón. Postrado. Inmóvil. Las rodillas no me funcionan. Quietud. Parálisis. Inacción. Colchón húmedo. Orinado. …El edificio se sigue torciendo, poco a poco. Las hendijas de la ventana dejan que el sol se cole un instante cada día, pero también permiten que espíe la forma en la que la raza humana resurge, que es en el fondo la misma forma de antes. Ocurrió una inmensa crisis, digamos que el estallido de lo establecido, la desestructuración de todo aquello a lo que volver y donde sentirse cómodo, enorme acontecimiento para un lamentable devenir idéntico. Un cambio de actores, de papeles, un enroque. Una vez más dominación de los unos sobre los otros, dos bandos opuestos que luchan por una misma corona. Gente que tira de carros cargados de peso cómo caballos mientras otros los manejan con sus riendas. Ventanas cerradas. Dolor. Pestillos oxidados. Inamovibles. Lúgubre cuarto. Estancamiento. Detención. Entumecimiento en las rodillas. Unas hendijas por las que entra el sol un instante en cada día. Diagonal. Torcido. Trazando líneas oblicuas por sobre las líneas de las ramificaciones de la hierba que creció en la pared. Hortensia, así la he llamado. Muro. Humedad. Parálisis. Completa y lenta vacuidad. Mi propio jardín, ya que la hierba crece día a día por la pared descarnada. Por sobre las vigas. El piso. Colchón. Piernas… Acomodé primero las pocas cosas que pude en la misma disposición en las que estaban en mi cabeza. Organicé, estabilicé, neutralicé lo extraño de todo aquello que me ocurría según mis ejes de significación: los libros a la derecha, el cuaderno a la izquierda; pero curiosamente es que ya no extraño nada de eso, seguramente también ha ayudado el hecho de que poco a poco se fuera deteriorando todo: se fue pudriendo la pequeña mesa y junto a él los pocos libros que quedaban. Cayó el cielo raso al piso y detrás llegaron las goteras como pequeñas cascadas. Con ellas aparecieron algunas ranas, se instalaron en manadas y andaban por el cuarto unas sobre otras, formaban montañas de ellas y luego se dispersaban, así andaban por el espacio, juntas, amontonadas, pero también desparramadas. Se plegaban y se desplegaban. Comenzaron a sonar entonces varios ruidos silvestres allí dentro. Se fueron reproduciendo las especies. Se cruzaron entre ellas y cañaverales se elevaron dentro del cuarto. Ruidos. Sonidos de noche de pesca. Entonces pudo saciarse la primer hambruna. Crecieron también gusanos y el CROC, CROC, CROC. Goteras. Agua por todas partes. Olor a zanja. Todo se va pudriendo menos la hortensia. Encantadora. Vegetal. Esbelta. Flotante pero a la vez andando hacia cualquier dirección. Trazando líneas. Arquitecta. Proyectista. Cómo un símbolo ella mas viva y bella que nada. Cómo una segunda oportunidad para la pasión. Una nueva balanza entre el corazón y la lógica. Deseándola con fuerza. Respirándola hasta los pulmones, hasta llegar a la vejiga para después orinarla en el colchón húmedo y absorberla por los poros de mis piernas paralíticas. Alimentándome solo de ella y de lo que ella produce. Mezcla. Fusión. Alianza. Transferencia de material genético; para que se regenere dentro mío cómo el moho del cieno por mis entrañas y por mis órganos, pero vegetal. Biológico. Botánico. Como ella. Verde. Ocre. El andar hierba. Captura de código, plusvalía, el verdadero devenir vegetal. Espera. Su perfume atrae todo tipo de insectos, y larvas que pronto espero serán mariposas. Primavera. Pasión. Su aroma es una experiencia real. Creo que los olores poseen una fuerza particular, difieren mucho de la de los objetos que afectan solo al tacto, al sabor… Enamorado del muro. Confío que en poco tiempo la hortensia me polinice; ha ganado todo el cuarto. Se ha expandido y avanza por sobre mis piernas en la cama. Estamos solos. Imperceptibles hasta el final de ésta evolución. Festival de irrupción triunfal de la hierba en mí… yo la espero. Paciencia. Tranquilidad. Calma. Entereza.
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